Si no te miro a los ojos, sospecha

Si no te miro a los ojos, sospecha

lunes, 16 de marzo de 2015

Amar el tiempo de los intentos

                Sólo sé escribir de algo, poniendo la base en mi experiencia. Hoy quiero hablar del quilombo. De los quilombos. De ¿Qué pasa cuando pasan los quilombos?¿Qué hacemos?

                Quiero hablar de la virtud de la paciencia y la lucha que implica el empujar y empujar el límite que esta parece tener. No puedo hablar desde otro lugar que no sea el mío propio. No sé hablar más que desde mí acotada e inexperta recolección de momentos y vivencias. Quiero hacerla fácil y corta, porque no es mi vivir y mi dolor y mi alegría lo que quiero que tome relevancia. Si, pasé malas y pasé buenas y sigo pasando malas y buenas, cómo vos y él.

                No puedo dejar de decir que si me he comido varias goleadas. Porque perder, perdimos todos alguna vez. Pero no es lo mismo ir perdiendo, que estar comiéndote una goleada. Recordando así velozmente, puedo decir que a los catorce me comí una goleada histórica: los quilombos en casa y las carencias de cariño que me dejó la muerte de mi vieja, unos amigos que –cómo buenos tipos de catorce años- estaban boludeando, necesidades económicas y falta de referencias. La mayoría de las cosas se fueron acomodando, pero, por decir algo, en casa me seguí comiendo siete un rato largo.

                En el deporte –y quizás un poco en la vida- soy un tipo muy competitivo. Autoexigente. Autocrítico. Sin ir más lejos, hace dos fines de semana me vengo comiendo cincuenta puntos. Y no sólo eso, sino que también me bajaron de equipo. A un tipo orgulloso cómo yo, todo esto le duele mucho ¿Porqué tanto? Porque el rugby lo vivo con intensidad. Porque cuando juego y entreno lo vivo al mango, dando lo mejor de mí. Y comerte una goleada cuando vas regalado, vaya y pase; pero ¿Comerte una goleada cuando laburaste enserio?

                Los ejemplos propios están puestos sólo para enmarcar en vivencias tangibles, reales y significativas –al menos para mí- aquello en lo que realmente quiero hacer foco; sólo para dejar claro que atrás de las goleadas –mías o de cualquiera-, hay una maraña de sentimientos difíciles.

                Perder es difícil, pero es maniobrable y reversible. Ahí radica, en mi opinión, la diferencia entre perder y comerte ocho: en las contundencia del golpe, en la potencia de la ola, que no revuelca sino que arrasa, que no sacude... que arrastra.

                Me acuerdo una vez hace, digamos, dos años, que llovía mucho. Nunca habíamos visto subir el agua en la calle de casa. No dejaba de subir. No estábamos preparados. No estábamos preparados para nada, en general, pero menos para que suba el agua. Y ahí estaba, subiendo. Más y más. Las goleadas son cómo las inundaciones: te pasan por encima. El agua sube y sube y si entra, entra. No hay esfuerzo que la pare. El agua se mete en tu casa, en lo más propio y valioso que uno tiene. Vence hasta los últimos bastiones. Empieza a arruinar y sigue subiendo y va alcanzando cada vez más cosas. Uno se desespera y, ya vencido, busca salvar todo lo que puede. Pone libros, sillas, comida, incluso electrodomésticos arriba de las mesas y las camas. Levanta colchones y levanta el canasto de las toallas, pero el agua alcanza mucho. Es incombatible. El margen de acción que queda es sentarse y esperar que pare de llover. Así también son las goleadas: ampliamente superadoras.

                Soy bastante matero. Hago –modestia aparte- un buen mate amargo. Pero vieron que el mate a veces, azarosa y caprichosamente, sale tapado. La goleada también tiene un poco de eso: de que el mate que te cebas a vos mismo te salga bárbaro, pero el mate que le cebas a alguien con el que te interesa que te salga rico, se te tape. Tiene algo de eso: de que te salga mal lo que venís preparando y trabajando con esmero y dedicación. Contamos, eso sí, con una ventaja. El partido de la vida (discúlpenme el lugar común) no se termina hasta que se termina, y eso nos deja muchísimas posibilidades. Si hay algo que le podemos agradecer a la vida misma es que -para quien quiere aprovecharlas- tenemos muchísimas segundas oportunidades.

                Dicen que la única derrota definitiva es rendirse. Estoy de acuerdo, pero quiero hacer un llamado de atención, porque creo que esta frase tiene trampita. Tendemos a creer que rendirse es levantar la bandera blanca; que rendirse es un acto de un momento de cansancio o dolor en el que se sucumbe y se abandona de una sola vez. La trampa está en que la rendición rara vez es tan radical. Inclusive creo, que esa –la instantánea y frontal- es la manera en la que se rinden los guapos. Es mucho, mucho más común, rendirse blandamente. El rendimiento imperceptible, el que pasa desapercibido. El de las excusas. Cómo el flaco que poco a poco fue aceptando su panza y se fue dejando estar hasta que un día, después de rendirse mucho tiempo (cada día) ante una situación  que no combatió, fue gordo. Nadie se hizo gordo de un día para otro; implicó esta gordura que hoy es real un tiempo de no pelea, de acostumbrarse, de tácita sumisión, de permitirse ser –consciente o no- lentamente gordo. Dejarse la panza poco daño hace al lado de permitirse no cuidar los vínculos que uno quiere, es incomparable con lo ruinoso que puede ser abandonar día a día la encarnizada lucha por estar mejor, por ser mejor.

                Vamos, paulatina e imperceptiblemente, dejando morir los sueños y proyectos que nos vuelan el bocho. Vamos creyendo que no son posibles. Vamos creyéndonos que los que están para hacer esas cosas increíbles que resuenan  y valen la pena ser contadas, son otros. Que los que están para hacer grandes carreras son otros. Que los que están para jugar en Primera son otros. Que los que están para arrancar un gran emprendimiento son otros. Que los que están para cambiar vidas, son otros.  Vamos dejando que nos etiqueten y nos marquen. Vamos definiendo lo que podemos o no hacer, según lo que el de al lado cree o espera. Terminamos por entender que hay cosas que no son lejanas sino imposibles ¿Lo más doloroso? Vamos dejando que no esperen de nosotros ¡Qué tragedia que no se espere nada de vos! Vamos, muchas veces, rindiéndonos con disimulo. Vamos a ser claros: una cosa es comerte una goleada que te está superando, y otra cosa completamente distinta es dejarte, permitir que te arrebaten lo que es tuyo.

                La paciencia, y el componente heroico que conlleva la paciencia, consiste en amar la hora oscura. Y amar la hora oscura es, nada más y nada menos, que enfrentar la goleada; poner, poner y seguir poniendo. Sonará contradictorio –lo sé-, quizás lo sea, pero amar la hora oscura es para mí, abrazar la goleada con fuerza. Es, cuando el quilombo está ahí, firme y desbordante, no hacerse el boludo. Ser guapo y pararse de manos. Si te hacés el boludo, no sólo estás siendo un cagón, sino que ya perdiste. Ya te acostumbraste, ya dormiste la siesta, te rendiste, te aceptaste superado. 

A veces, cuando la goleada es por quince, no rendirse es tan sólo ser lo suficientemente guapo para estar. Ser lo suficientemente valiente para poner la jeta. En algunos momentos –especialmente cuando algo es irreversible (la muerte, la pérdida) o incombatible-, luchar puede ser ser lo suficientemente valiente cómo para quedarse. Plantarte de guapo y estar y seguir estando. La hora oscura tiene muchísimo de poner la jeta y ser el que canta [siempre estuvimo en las malas y las buenas ya van a venir].

                Para mí el deporte fue y es una escuela y un eficientísimo y contundente educador. Nos enseña, entre otras muchas cosas, a bancárnosla: a seguir buscando la fuerza que sale de adentro cuando parecía que no quedaba más, a superar los mambos y quilombos que se resuelven con actitud y no con pericia o maña. Vamos aprendiendo a empujar los límites que creemos tener. Aprendiendo, no sin mucho pesar, a intentar una vez más; a mirar el espejo y seguir creyendo y seguir laburando aún contra todo pronóstico.

                Siempre termino colando alguna cita bíblica –me disculpo con el que no es del palo-. En este caso es Mateo 6, versículos 3 y 4 y dice más o menos así: “Cuándo des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha para que así tu limosna quede en secreto; y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará.” Salgamos del concepto de limosna cómo dádiva o monedas de la colecta o el semáforo y demos lugar al concepto profundo de limosna: entrega sacrificada. La entrega que cuesta, que demanda esfuerzo. La monedita que sobra no es limosna. Limosna limosna es cuando te agarrás la frente con las dos manos y antes de amar desinteresadamente pensás, ¿qué carajo estoy haciendo? ¿me alcanza la nafta para hacer esto?... Por fuera de la prometida recompensa del Padre, que puede llegar o no y que queda en tal caso en la exclusiva fe de cada uno, me quiero quedar con esto de limosnar en silencio.

                Amar la hora sombría, abrazar el quilombo, pararse de manos, tener la dignidad  de poner la jeta y el cuerpo cuando te estás comiendo la goleada: todo esto, tiene mucho de amar en lo secreto. De entregarse en lo secreto, en lo hondo de un corazón muchas veces sangrante, lastimado. Abrazar el quilombo- y abrazar el dolor y la impotencia y la frustración que genera el quilombo- es amar en silencio. Es muchas veces, también, llorar en el silencio. Implica muchas veces, cómo hacen los perros fieles y nobles, tener que retirarse a la soledad a lamer las heridas.

                Amar la hora sombría es muchas veces que ni la mano izquierda ni el resto del mundo se enteren de lo que hace la derecha, porque en toda lucha hay muy poco reconocimiento para el que se está perdiendo por afano. Y desafiando toda lógica, el éxito vincular -el que ensancha el corazón sin hacerte millonario, el que te hace sonreír cuando te apoyas en la almohada- está cimentado pura y exclusivamente en goleadas. Hemingway escribe ‘El Viejo y el Mar’ en 1952: un viejo –pasado en edad pero bastante mañoso- se aventura al mar abierto dispuesto a romper su racha de ochenta y cuatro días sin pescar ni un bicho. Sale con su barquito, viejo pero también aguantador. En el mar abierto se trenza en una batalla con el bicho más grande que haya pescado jamás. No se permite a sí mismo rendirse, y empuja sus límites físicos y psicológicos hasta el final. Hasta la victoria. Ata el bicho que iba a ser la admiración y el respeto de todos y su salvación económica, al costado del barquito y, después de tres días de ida, emprende la vuelta. En eso, es atacado en distintas ocasiones por camadas de tiburones con los que combate. Primero los combate con un cuchillo y al ir perdiendo armas en la lucha termina combatiéndolos con sus propias manos. Mientras vuelve y se enfrenta a la frustración de que los tiburones se comieran progresivamente su presa, se ve envuelto en un mar de ojalás y deberías. Ojalá hubiera traído otra cosa, debería haber hecho de esta manera, etc. Arrepentimientos y culpas. Después de la segunda guerra, Hemingway había sido duramente criticado por una novela que nunca prendió, y se lo tildaba como acabado. Durante el ’51 y principios del ’52, mueren su madre y su ex mujer, y su única figura paterna contrae cáncer. 'El Viejo y el Mar', 1° de septiembre de 1952.

 El bicho es, finalmente, enteramente comido por los tiburones. A pesar de la lucha completa y meritoria y silenciosa y solitaria, se lo morfan. Completo. La no-épica, el puro dolor, la plena derrota. El viejo, después de tanta lucha, llega a su hogar sólo, mojado y frío, tras seis días. Sin comida, sin pesca, sin soluciones: sólo un esqueleto gigantesco y pelado de pez. Y así y todo, hay en este viejo de mala muerte por el que nadie da un mango, que está desbordadamentemente triste, excesivamente dolido, una íntima convicción de que el esfuerzo con locura y la terquedad de nunca rendirse, constituyen en sí mismos una gran victoria. El viejo, pobre y aparentemente ignorante, que ya está a la vuelta, descubre con absoluta certeza, con un corazón dañado y calmado, que un hombre que se para de manos, hace frente a su hora más sombría y la abraza con integridad, luchando hasta el límite de sus fuerzas, no fue derrotado. Ahí radica la profunda dignidad, el inapelable heroísmo del Viejo: “El hombre no está hecho para la derrota; un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”, dice Hemingway.

Victor Frankl sostiene en ‘Men’s search for meaning’: Incluso en los campos de concentración -donde la libertad llegó al mínimo registro-, las personas tenían la posibilidad de mantener su libertad interior. La libertad que elige la vida; la libertad que elige elegir lo que toca vivir y abrazarlo y lucharla hasta el final sin ser derrotado. Aún en la destrucción física y mental. 

Cuando hay corazón y sangre, el fracaso está cargado de amargura. Cuando nos estemos comiendo la goleada, el arte y la virtud estarán quizás –paradójico como la vida misma- en el heroísmo de no esquivarle el bulto a la derrota. Cuando estemos fracasando de lleno y seamos desbordados, quizás el más grande mérito que tengamos sea el de seguir estando y conservando la dignidad que implica amar el tiempo de los intentos, aunque los intentos queden tan sólo en intentos. 
               
                Y como comentario al margen agrego una última cosa. Soy maestro auxiliar de quinto grado del Marín y me gusta creer que contribuyo a que los pibitos se desarrollen cómo personas. Hoy con ciencias naturales fuimos a la huerta. Hay en la huerta unas macetas muy grandes. Cada maceta tiene un árbol creciendo y una placa por cada egresado del Marín que murió joven. Regándolas con tres chicos, leí el nombre de varios compañeros míos de mi grado y de un par más grandes y más chicos. Tipos que yo conocí: Álvaro Costa, Javier y Nacho Orúe, Mateo Uriburu y algunos otros. Pibes que pasaron por mí mismo patio y mis mismas aulas y mis mismos pasillos. Mientras regábamos estos árboles, para que pudieran seguir creciendo, se me llenaron los ojos de lágrimas. Tenemos lo más importante: la vida y los días. No seamos cagones. Después todo tiempo de los intentos, llega el tiempo de las recompensas. El que abandona no tiene premio.

“Debes amar la arcilla que va en tus manos.
Debes amar su arena hasta la locura.
Y si no, no emprendas porque será en vano.

Sólo el amor alumbra lo que perdura.
Sólo el amor convierte el milagro en barro.

Debes amar el tiempo de los intentos.
Debes amar la hora que no brilla.
Y si no, no quieras tocar lo cierto.

Sólo el confiar engendra la maravilla.
Sólo el confiar consigue encender lo muerto.”

lunes, 19 de enero de 2015

No hace falta pasar por el Francés

Cuándo tenía quince, dieciséis años escuché un cura que decía: "¿Gracias? Gracias dice cualquiera, pero agradecer.. agradecer se agradece con actos". Contó que una vuelta él tenía un pibe en la parroquia que quería sacar a pasear a una muchacha y le pidió prestado el Corsita. Le dijo gracias, si. Pero no sólo le dijo gracias; sino que le agradeció devolviéndole el Corsita lavado y con más nafta de la que tenía antes. 

Hoy escribo para agradecer; para hacer un merecido homenaje a los generosos. 

Entre todos ustedes, personas de este mundo, caminamos nosotros: los que necesitamos. Todos tenemos algo de necesitados en algún momento, pero yo me identifico cómo un necesitado bastante seguido. Necesitar se puede necesitar de todo: comida, un lugar para dormir, una mano con el laburo, entre muchas otras diferentes cosas. Pero entre todos los necesitados estamos los de una raza particular, los que somos los peores: los que necesitamos cariño. Los que necesitamos cercanía. Los que necesitamos aceptación, reconciliación. Los que andamos paseando de acá para allá con nuestros mambos, inquietudes, frustraciones e incertidumbres.

¡Qué alegría es estar cerca de un generoso de cariño!¡Qué fácil que es!¡Qué ganas de quedarse ahí para siempre! Esta generosidad no sólo se aprende de la familia, y de los padres y desde casa. Mucho menos tiene que ver con tener suficiente -de lo que sea-; no hace falta pasar por el Francés para ser de estos. Esta generosidad nace -vale observar y destacar- sólo y únicamente en las personas humildes. En esas personas no creen ni quieren estar siempre entre los mejores, ni ser los más cancheros, ni ser los más divertidos. Personas que no se comen ninguna peli de nada.

Esta generosidad surge sólo de los que no se creen más que nadie. 

Estos generosos son los que cuando llegas te saludan cómo si hubiese llegado alguien importantísimo. Son los que te tiran un colchón hasta en la cocina. Son los que preparan un asado y no quieren saber nada con que le devuelvan plata, sólo quieren verte pidiendo perdón por haber comido tanto. Son los que no esperan que te adecues a su estilo de vida sino que dejan que hagas lo que quieras. Los que abren el mejor vino porque si. Son los que prestan medias aunque no las vayas a devolver. Los que te sirven la primera y la última milanesa. Los que te dicen las cosas de frente y no hacen carita. Los que si te tienen que putear, te putean cómo a un hijo, porque te tratan cómo a un hijo. Los que si te tiene que putear, te putean cómo a un hermano, porque te tratan cómo a un hermano. Son -sobre todo- los que no quieren que devuelvas, sino que disfrutes. 

Yo debería tener a mano un ranking de mis familias favoritas. Hay sin duda algunas que van picando en punta. Aseguro que tiene mucho que ver con que he descubierto que, puertas adentro, la generosidad es un tanto contagiosa; las personas generosas de cariño se eligen así uno a otro y casualmente los hijos terminan saliendo de la misma manera ¡Qué placer es pasar tiempo entre estas personas!¡Qué placer es pasar tiempo tan bien rodeado¡ Y no les digo si encima es en vacaciones.. el verdadero descanso se da sólo en la comodidad, en el poder estar cómo uno quiere ¡Qué remanso es encontrar un lugar dónde uno no tiene que estar llenando las expectativas del otro!¡Qué tranquilidad que el otro sea un generoso del cariño y no esté esperando que hagas o dejes de hacer algo! 

Mucha guita para andar haciendo grandes regalos o devoluciones no tengo. No tengo mucho más agradecimientos para hacer que escribir en esta tarde de lluvia algunas lindas palabras. Quizás mi más grande agradecimiento a tantos generosos que me quieren y reciben y festejan mi presencia no sea este homenaje, sino tan sólo comerme el asado hasta no poder más y tomarme el vino bien despacio; Compartir alegrías y disfrutar cómo Dios manda.

martes, 16 de diciembre de 2014

Rambla acá, rambla allá

No conoce el camino, pero sólo mira el suelo en dirección a su piedrita. Todavía no lo sabe, -porque sin duda no lo planea, porque esas cosas no se planean- pero va a patearla hasta llegar, unas 124 veces. 

Serán -seguramente por no compartir la pierna con los dos más grandes de la historia- 113 toques con la diestra y otros excepcionales 11 con la de palo; todos, mejores o peores, más o menos eficientes, serán puramente conscientes e inconscientemente conllevaran un cariño implícito que aunque Benedetti quisiera, no podría verbalizar. 


La va a conocer sobre 26 de marzo, pero en la esquina de Blanco le va a pedir que la acompañe hasta el final. Recordará que al principio fue diversión; Reírse un rato, entretenerse. Y se preguntará luego cómo, de esa nimiedad, surgió el compromiso. Y la lealtad. Y la reciprocidad.


Le va a parecer raro, quizás al principio vano, muy poco, pero creerá que fue sólo por caminar juntos. En algún momento, cuando la piedra termine bajo un auto y él no dude en rescatarla, caerá en la realidad -pero preferirá no decirlo, disimularlo- de que está un poco hasta las bolas con ella. Pensará: "bien me podría haber buscado alguna otra", sabiendo interiormente que nunca se lo hubiese permitido. Mas no entenderá hasta el final del trayecto -si es que lo hace, en algún momento de iluminación-, que el silencio y la compañía nunca fueron vacíos, sino que eran el entretejido discreto de una inmensa intimidad. Una intimidad sin vueltas; franca y genuina, y vulnerable -como el ser humano mismo- pero aún así persistente. 


Si se dispone a revisar su memoria, se acordará de 7, 8 tiros mágicos que tan sólo del recuerdo le van a hacer inflar el pecho de orgullo para llenarlo de gloria. Otros tantos, si, en los que más que calidad tuvo ojete. Pero, con o sin suerte, ¿Quién te quita lo bailado?


Él, pasada la ilusión de la primera juventud, entenderá que no es digno del Centenario, y tampoco tendrá problema en admitir que elije a su piedrita aunque nunca haya sido una Tango o una Fevernova. La llevará -con su pique impredecible- fielmente en su pie por las calles que fuesen, bien en patas, o con las zapatillas andrajosas de la adolescencia, o con las que se hacía el lindo en la facultad. No tendrá miedo -contra todo pronóstico- de gastar sus zapatos de succesfull lawyer porque en el fondo él es un romántico empedernido, de esos que ya no quedan; y mal no le va a hacer en el laburo ver las rayitas que quedaron en el zapato por patear ese pedazo de baldosa. 


Basta ver esta historia de amor de afuera para entender que ni siquiera los mejores, en un momento de altísima inspiración, pueden planear con tanta perfección un camino como este de pasión y aventura. Porque uno no nace y se hace, sino que camina y se va haciendo. Y aunque uno va queriendo que las cosas pasen a merced, es raro -de acá a Japón- que el destino nos de mucha bola. Imponerle al mundo como tiene que ser, a mi cuando lo intente, me pareció una tarea complicada. 


No hay que desmerecer los frutos del silencio -aunque un poco se hagan rogar-, de acompañar y caminar manso, escuchando lo que va pasando adentro. Porque de adentro nace lo genuino y espontaneo; y lo genuino y espontaneo genera cosas verdaderas; y lo verdadero fluye en silencio sincero y sin esfuerzo, como un río; y el río siempre termina muchísimo más lejos que hasta donde vemos y bastante más lejos que donde nuestra cabeza puede -acotadamente- planear, o imaginar, o creer.  

Peor es el hambre

Sufrí como todos,
algún contratiempo. 
Preferí ser bien guapo 
y decir lo que siento.

Nada me regalaron
y aunque hubo calambres,
nunca tuve hambres 
como las que me contaron.

El hambre no se describe
me dijeron en la calle.
Acérquenle cualquier talle
de remera o buzo al pibe.

Es como ahogarse lento
me dijeron una vuelta;
cuando el hambre anda suelta
hasta el más noble es violento.

No es que yo justifique 
la agresión o la violencia, 
pero hay que tener paciencia 
para que la rabia no pique. 

Es que no hay quien se merezca 
tanta desesperación.
Hay en todo corazón, 
un final de la reserva. 

Yo digo tener carencias.
Mas no entiendo en realidad
lo abundante de mi verdad
en frente de otras desgracias.

Puedo sentir dolor;
no esta exenta de crudeza
mi vida de realeza
pero esta llena de color,
y olor,
y sabor.

Peor es el hambre,
me dijo un buen amigo
ese día que fue testigo
de alguna de mis pesadumbres.

Más te vale alimentar 
el corazón de justicia,
porque un alma sin pericia,
fácil se puede marchitar.

Y que lujo derrochar
una vida de riquezas,
cuando la peor de las pobrezas
es la del interior.

Nutrí a tu cuerpo,
mente sana en cuerpo sano; 
Y no seas el villano
que deja pasar el tiempo.

No quiero después el lamento
de estar tirado en la cama.
Cuándo la conciencia llama,
mejor es seguir ese viento. 

lunes, 27 de octubre de 2014

Cuándo los árboles mueren de pie

“El éxito tapa todo” me dijo un entrenador -viejo de un amigo y tipo que me formó y al que quiero mucho- una vez. Me dijo que a su entender al club que los dos tanto amamos no le termina de ir bien y no vuelve a la gloria que lo caracteriza por eso. Porque de vez en cuando nos va bien y somos protagonistas, y eso tapa otras tantas cosas importantes de trasfondo como lo dividido que está el club y las facciones que hay. Es simple, cuando nos va bien brindamos todos. Si lo que hay que cantar es la raka, difícil no va a ser que seamos unos cuantos. Cuando somos campeones no hay ni celestes, ni blancos y negros, sólo apasionados del CASI. La realidad, igualmente, es que estamos más acostumbrados a decir que la culpa es de este o de aquel y que el referee esto y que el rival lo otro y a escuchar puteadas en la tribuna que a festejar. Pero cuando hay que festejar, en la victoria, nos sentimos representados todos.

Ayer, domingo 26 de octubre, perdimos la final de M23 contra Alumni, un equipo jugó amarrete y que había clasificado por la ventana pidiendo permiso. A pesar de que fui a entrenar todo el año, de que entré en la semifinal y generalmente me robaba los veinte minutos finales de todos los partidos, no me tocó entrar. Fue raro; en ningún momento se me ocurrió pensar en mi, en porqué no entraba o en que había venido toda mi familia a verme en el banco (y encima perdimos…). Lo miré de afuera y no me importó. Grité tanto que se me bajaba la presión por los 35ºC que hacían. Esperé, como en tantos otros partidos del año, como en el clásico, el milagro. La remontada a puro huevos que caracterizó siempre a este equipo. No pasó: sonó el silbato y perdimos. No hay porqué mentir: lo había soñado de otra manera. Lo soñé cada noche de la semana anterior de otra manera. Había soñado tries, resultados holgados, resultados apretados, patadas finales, etc.. Siempre nos soñé ganando, siempre festejando, pero no fue. Perdimos. Y digo perdimos, porque me sentí infinitamente representado por los dos pajeros que jugaron de mi puesto y por los otros trece monguis. No hubo nada que ellos hicieron que yo hubiese hecho mejor. Me sentí identificado y representado, aun y todavía más, en la derrota.
En el vestuario hubo muchísimas lágrimas. Los sueños cuando uno empieza a ver que son posibles y, de repente, se rompen, duelen. Fue un trago amargo. Sigue siendo un nudo en la garganta mientras escribo y calculo que será nudo en la garganta toda la semana. Hay angustia en que las cosas no salgan como uno espera y eso no hay porqué disimularlo. No tiene porqué dejar de haber lágrimas.

El vestuario en el deporte es algo muy particular. Es el antes y el después. Es, por un lado, la preparación y la motivación y, por otro lado, el examen de conciencia.

Lo que no hubo en el vestuario fueron quejas. Ni quejas, ni represalias, ni puteadas, ni bardos. Ni al referee, ni a Alumni, ni muchísimo menos entre nosotros. Hubo lágrimas y silencio. Camisetas al piso y a mirarse en el espejo. Un legendario entrenador del CASI decía: “el espejo no miente”. Yo creo que los 30 –los quince que jugaron y los quince que no-, nos miramos al espejo y no buscamos culpas en ningún lado. A lo sumo alguna deuda con uno mismo, pero ningún resentimiento contra otros. En el examen de conciencia no hubo enfrentamientos con nadie más que con uno mismo, y eso es muy sano.  No nos queríamos ir del vestuario. Perder duele. Perder es una mierda. Cuando uno está sólo preparado para ganar y sólo tiene en la cabeza ganar y perdés, no sabés para donde mierda arrancar.

¿Qué más puedo decir del partido? El que nos haya visto jugar ayer o en todo el resto del año lo puede decir: nos entrena el Gallego y somos Galleguistas. Lo nuestro es jugar a la pelota. Nuestro único precepto antes de entrar a la cancha es “diviértanse y pásense la pelota”. Al rugby para jugar con poesía tenés que ser Messi y el Barça y tener todo aceitadísimo. Si no sos Messi y el Barça, un día cualquiera puede venir un equipo prolijo y mezquino y ganarte con un planteo bien amargo porque las cosas no te salieron. No está mal; dicen que así se juegan las finales. Nosotros decidimos que la final iba a ser un partido más y que íbamos a morir con la nuestra, jugando a la pelota como todo el año y al final, no nos salió. A veces pasa.

¿Qué puedo decir de mis amigos?¿Qué puedo decir de este grupo? Qué somos unos chotos, que el partido que teníamos que ganar más que ningún otro, lo perdimos. Que tiramos doscientos pases al piso y que un montón de cosas más. Que somos chotos, si, y guapos, más. Que tuvimos los huevos de saber morir con la nuestra y de no mezquinear nada. Que tuvimos, de la mano de los entrenadores, la gran inteligencia de entender que a la cancha se entra a disfrutar y a pasarla bien con amigos y a jugar a la pelota y a proponer algo lindo. No se entra a salir campeón, se entra a disfrutar. Y si salir campeón se da por añadidura: “bueno muchachos, un motivo más para festejar. Aparte de ser los que mejor la pasan, somos los mejores y tenemos una copa que lo certifica.”

Ya no más bajar a la boya a entrenar. Se termina por este año las tocatas y los handballs de los lunes, los 3 vs 3 del Larry, los obeliscos, las grullas, y las cunitas. No más cuarenta minutos de imaginario con el Gallego, ni burro ni line con Tute, ni toma de decisiones con el tucumano. No más los mismos boludos juntando las cosas para llevárselas a Pablito. No más corto corto ni más mala mía. No más nada de esas cosas increíbles. Por suerte los botines –con tres idas al zapatero- aguantaron. Hubiera preferido que sigamos teniendo la excusa de juntarnos tres veces a la semana, aunque sea a hacer algo tan de mierda como entrenar rugby (tanto con frío cómo con calor es una mierda), y que se me hagan mierda los botines con la excusa de seguir cagándome de risa con todos estos giles. En un año tan lleno de crisis y mambos como el que tuve –le voy a robar las palabras a uno que nos hizo emocionar a todos- mi equipo de rugby, mi club, fue mi alegría. Fueron mi aire y mi respiro y lo más grande que tuve. No fue un festejo lo de ayer después del partido, pero si fueron festejos el resto de los días del año. Esa boya 2 del orto nos vio pasar buenos ratos. La cancha 2 nos vio jugar increíbles partidos. La cueva hizo lo suyo también.

Un tal Hobbes escribió un libro con no sé cuantos tomos en el que mete una hipótesis central: “existe el poder político porque todos los hombres se dieron cuenta que, por más fuertes que fueran, siempre iba a llegar uno más fuerte que lo liquidara”. Gracias por iluminarnos Thomas, porque esto es así. Perder, perdemos todos. Los cuernos, los tenemos todos. Morir, morimos todos. Tarde o temprano toca. No hay ni que ponerse fatalistas, ni hace falta entristecerse tanto. No queda otra que asumirlo y dejar ir los sueños que no fueron y laburar por los que surgen. Perder, perdemos todos pero no se pierde de una sola forma. Nosotros perdimos y después de perder decidimos quedarnos toda la tarde mirándonos las jetas. Las culpas quedaron en un último plano y reservadas a la autocrítica de cada uno. Tomamos birra, hicimos un clericot y charlamos. Se acabo todo e hicimos un asado. Vimos a Boca y a River. A mi recién me llegó el trago amargo cuando estuve sólo en mi cama. Mientras tanto, durante toda la tarde, sólo pareció que éramos un grupo de amigos que se junta un sábado a castigarse un poco y a cagarse de risa.

A mis entrenadores y a mis amigos quiero decirles gracias. Por el tiempo y el esfuerzo que son lo más valioso que uno puede dar. Todos tenemos cosas que hacer y así y todo, todos priorizamos esto. También gracias por involucrarse y por vivir esto que pasó todo el año desde el corazón. Vi llorar por esto a tipos que yo creí que no tenían sentimientos. Para empezar, puedo nombrar a los tres malditos: Felisari, Picca y Arocena.

A los entrenadores, felicitarlos desde adentro. Más difícil que sacar un campeón, es armar un grupo. Más difícil que sacar un campeón, es hacer lo que hicieron. Cerrar un año con quince tipos en el banco y comprometidos, aun sabiendo la mayoría que no tiene chances de entrar, es un logro importante. Habla de calidad y de calidez humana. Más difícil que sacar un campeón es hacerle entender a treinta tipos que pueden ser buenos jugadores de rugby y que cualquiera que entre puede cumplir con el rol adentro de la cancha. Felicitaciones y gracias.

Antes de terminar quiero dejarlo bien claro, por si alguno entendió mal. Esto no es una apología de la derrota digna. No estoy queriendo decir que somos unos capos porque, aunque perdimos nos queremos mucho y lo disfrutamos un montón. Es, más bien, una invitación a pensar que la victoria no es pura y exclusivamente un título, y que el éxito no es algo que tiene que venir a tapar nada sino un agregado por añadidura de un buen laburo y un grupo que disfruta y tira para el mismo lado. Es una invitación a pensar y entender que la victoria no está siempre y necesariamente en lo inmediato. Creo yo que vale más la pena entrenar riéndose con amigos que llegar a entrenar con paja e irse con paja también, y que vale más la pena laburar por un subcampeón de un partido malo que por un campeón de partidos horribles. Festejé mucho sin saberlo, porque mucho bien me hizo esto.  Y aunque ayer perdimos yo gané a lo grande, porque, un poco, ya había ganado.

“Y ojalá esto no se termine nunca. Yo soy feliz sabiendo que esto está recién empezando. Ojalá tenga 30 y siga entrando a la cancha. Ojalá los 40 me agarren a mi jugando al squash y a mis hijos en el club tanto como yo a esa edad y aprendan a amarlo y a mamarlo. Ojalá tenga 50 y siga entrenando pendejos y dándole algo de lo que absorbí al rugby. Ojalá tenga 60 y siga en la tribuna emocionándome y diciendo que en otras épocas éramos más líricos. Ojalá tenga 70 y me siga tomando un whisky con mis amigos queridos en el pub o en billar. Y ojalá me agarre un flor de bobaso entre amigos, adentro del club, un día de verano, en la terraza de la cueva y comiendo una entraña bien grasosa y que me metan en el cajón con los restos entre los dientes y una camiseta del club.”




miércoles, 22 de octubre de 2014

Remanso

Dije: “voy a escribir algo acerca de viajar. Algo sobre los viajes y lo que pasa en los viajes.” ¿Qué es un viaje? Me pregunté, como para arrancar con el pie derecho. Bueno, sin duda es algo que implica salir de donde uno está. Ergo, también es indudable que implicará salir de la cotidianidad y de las cosas, los transportes, las caras que tienden a sucederse todos los días. Pero empecé a sentirme que me quedaba corto con la definición.

Viajar no es sólo cambiar la localía. Encarar un viaje conlleva necesariamente encarar una actitud distinta. Se me hace difícil de definir qué y cómo es esta actitud. Los que van llegando a Ezeiza con la valija en el baúl o a Retiro con el bolso armado me entienden. También los que con dos o tres amigos y el auto cargado hacen la última parada para llenar el tanque. El comienzo del viaje trae una actitud que tiene mucho de expectativa, de nervios, de incertidumbres; tiene mucho de un no saber que es hermoso. Un no saber que es entregarse a lo que esté por venir y disfrutarlo. Fue llegando de a poco una definición a mi cabeza: viajar es como ir a pasear, como un paseo largo.

Si, usé la palabra pasear, pero posta que no tengo más de cien años. No entiendo cómo semejante palabra ha caído en desuso. Quiero que volvamos a los ’20 y que la invitación a una piba no sea: “¿vamos a tomar algo?” sino “¿Vamos a pasear?”. Estoy un poco chapado a la antigua. En algunas cosas como esa soy un melancólico. Salías a pasear en carreta: si estando solos y con tanto tiempo no ganabas eras un muerto. En este ritmo, donde todo es una carrera y todo es un mambo, no nos vendría mal chaparnos un poco a la antigua y pasear un poco más.

Salir a pasear es salir a no buscar nada útil. Cuando uno sale a pasear no está persiguiendo ninguna finalidad más que la de disfrutar. Si usted sale a pasear pensando cuantos minutos va a estar haciendo esto y cuantos minutos haciendo lo otro, cuánto va a tardar en ir y cuánto va a tardar en volver y cuando tiene que volver porque tal cosa, y no se permite una discrepancia o un desacato a los planes, no se me ofenda, pero usted es un pelotudo.  

A pasear se sale porque sí. Ahí es donde se encierra toda la mística del paseo. Uno sale y sale con alguien con el que sabe que la va a pasar bien. No se invita a pasear ni a los enemigos, ni a los socios. El paseo es la poesía por la poesía misma, el arte por el arte mismo, el disfrute por el disfrute mismo. Salir a pasear, a caminar, a pescar, a conocer algún lugar, al campo, a la ruta, es salir a sentir. Cuando uno se va de viaje se despierta y lo único que tiene es el día libre. Viajar, tanto como pasear, es vivir un poco del vamos viendo. No grandes planes, no grandes apuros, no grandes responsabilidades, no obligaciones, sólo un sencillo arranquemos por acá, y vamos viendo.

Hace poco una que sabe algo de viajar me dijo desde Brasil: “es increíble como tomar birra mejora mi calidad de vida”. Ahí está: la birra por la birra misma. Abrir una birra para sentirla fría en la mano y sentir como baja y charlar, estando muy bien, con la persona que está enfrente o con uno mismo. Sentir es eso. Pasear es eso. Es salir de la costumbre; pasar la mañana preparando una heladerita de clericot artesanal para los pibes, ir a un restaurant que tiene pinta rara, animársele al pastel do camarao frito. Es irse a buscar, quizás inconcientemente, inhalar un aire que renueva.

El domingo una amiga estaba leyendo a Don Raúl Scalabrini Ortiz y decidió rescatarme de su lectura este fragmento: “Nada de lo que es duradero nace en un instante”. Me hizo pensar... Estoy de acuerdo en que nada de lo que es duradero se forja en un instante. Los logros o las relaciones no nacen de un instante sino que son un laburo constante y cotidiano. Lo que no quiere decir que no haya instantes que sean paridos duraderos. Hay instantes densos e intensos que, para bien o para mal, integran los sentimientos más arraigados y las vivencias más personales. Imágenes mentales, como fotos que quedan en el bocho, que no se van a ir a ningún lado. Hay momentos conectados con olores que vuelven y vuelven a volver sólo por sentir ese mismo olor. Es cierto Don Raúl: nada de lo que es duradero nace en un instante. Pero dejó un cabo suelto. Todo lo duradero termina por condensarse en un momento galardonado para siempre, un segundo de pura gloria. Son estos instantes -donde todo converge con muchísima fuerza- los que enalzan el alma y hasta hacen que, a veces, caigan las lágrimas de alegría.  Hay, de todos nuestros grandes logros, de todos nuestros paseos, de todos nuestros viajes, olores, imágenes y sentimientos; instantes eternos.
Se da (casualidad o causalidad, no lo sé) que cuando uno sale así, a descubrir, termina descubriendo. Topándose con cosas que ni se acumulan, ni se mesuran, ni se guardan en el banco para usar en otro momento. Experiencias. No sólo sabores o paisajes, o atardeceres,  también encuentros. Ya lo escribió Chejov,  antes de que entre el siglo XX, en La Dama del Perrito: ¨Cuando uno sale de paseo no sólo se encuentra con los extraordinarios paisajes de Yalta; también se encuentra con el otro en su estado más puro, con su sinceridad sin caretas y con los propios anhelos del alma¨.

Viajar tiene algo que ver con encontrar señales de lo que hay en uno; lo mejor y más genuino que hay en uno. Algo de esta actitud diferente que decía tiene que ver con bajar las guardias: disponerse a conocer, a maravillarse, a reírse, a contemplar, a disfrutar. Comer y hacer sobremesas eternas, prender fogones, ponerse en pedo de día en la playa, que se vayan dando anécdotas de esas que se recordarán en todos los asados y, sobretodo, mirar y tratar al otro con más suavidad y más confianza.

En los paseos y en los paseos largos se da algo parecido al concepto de Marx de la aceleración de los tiempos históricos. En nuestra vida cotidiana parece haber una quietud, una rutina, una monotonía. Y de pronto, cuando uno se va de largo paseo se da la revolución del alma. Se baja el ritmo de la vida y se aceleran los tiempos del corazón. Se acuerda uno lo libre que en verdad es y lo bueno que está disfrutar. Se acuerda las cosas que lo emocionan y movilizan. Se toma un jugo de naranja desayunando a las once o una birra con los pibes a la tarde y se da cuenta que, la concha de la madre, qué buena está la vida. En frente del Taj Mahal se maravilla cualquiera, porque si, es una maravilla muy maravillosa. Pero hay algunos giles que dicen qué hay ocho maravillas del mundo… ocho maravillas del mundo hay a la vuelta de mi casa. No hace falta pararse enfrente de ningún palacio para encontrar maravillas, para descontracturarnos, para disponernos a disfrutar, para tomar una birra por amor al arte que hay en la birra helada y charlar con la persona que tenemos enfrente con simpleza y sin apuros. Alcanza con bajar el ritmo, salir de lo de siempre y quedarse manso.

Viajar es un poco todo esto. Pasear y pasear largo. Encontrarse con las cosas que valen la pena. Descansar el alma. Relacionarse con paciencia y suavidad. Caminar remansado. Disfrutar sin culpa y sin prisa, ¿Porqué invitar a tomar algo si uno puede invitar a pasear? Y si, en esta vida, viajar y acelerar el corazón y malcriarse con un coco en Ipanema no vale el esfuerzo de, por ejemplo, ahorrar y juntar la guita, ¿Qué si lo vale?

“Creo en la lluvia cuando cambia el olor de mi tierra.

Creo en el mar cuando amanece abrazándose a las piedras.”

martes, 7 de octubre de 2014

Sólo campeonan los peores


Cómo con un montón de otras cosas, escribo porque me gusta. Es una de esas cosas que las hago por absoluto placer. A escribir, a esta hora de la noche, no me manda nadie. No soy ningún cronopio ni ningún literato iluminado, pero a la hora de sentarme a escribir le pongo mucho huevo y siento cada una de las palabras que elijo. No tengo el enigma de Borges, ni puedo meter grandes historias en cuentos cortos como hace Cortázar, pero mierda que me compenetro cuando escribo y digo lo que siento. Y, ¿No es eso es lo que cuenta?

Lo primero que tiendo a pensar es que si. Que es valiosa la autenticidad, la dedicación, el involucrarse, la valentía de plantarse con algo propio. Pero me hace mucho ruido afirmar que eso es lo que al final cuenta. No sé ustedes, pero en mi barrio se evalúan los resultados. Mis profesores no distinguen cuanto estudié, sino el examen en sí mismo. Resultado final ante todo; lógica exitista. Quizás aunque deje la vida escribiendo, a ustedes no les va a gustar. Mejor dedicarse a una de esas cosas con éxito asegurado: subir a Instagram una foto de un amanecer sacado, matar famosos y plagiar chistes en Twitter, la foto de perfil con el pendejito de ojos verdes en Facebook. Like garantizado. Pero, ¿Escribir sin saber cómo mierda hacerlo? Mejor dejar a los que saben. Por la cucaracha me dicen que hablar desde el corazón perdió el marketing. No hay razón para improvisar, es mejor cantarse una que sepamos todos.

“Lo nuevo necesita amigos” dice Ego, el crítico de restaurants, en el final de Ratatouille. Lo nuevo, lo propio, lo que viene del corazón y es auténtico es riesgoso. Riesgoso porque, en la mayoría de las oportunidades, tiende a salirse de márgenes y expectativas. Enfrentémoslo, nuestra autenticidad no siempre es fachera. No sé la de ustedes, pero mi autenticidad gran parte de las veces tiende a ser tremendo quemo. Me la voy a jugar y voy a hacer una prueba verídica: ¿Qué pasa si yo digo que quiero a una mina? No, la verdad es que no estoy tan enamorado de la soltería. Me divierto, jodo, me cago de risa con mis amigos, tiro tiros para todos lados, me hago el lindo y toda la pavada. Más allá de los resultados, que no suelen acompañarme, no soy de escatimar en ninguna de esas cosas. Pero la verdad es que adentro mío pienso que la soltería es un poco vacía y creo que hay algo que es más. Lo mío es compartir, creer en el otro, estar cerca, relacionarme con cuidado y cariño. Bien me vendría una mina que me juegue al truco y se tome unos mates y unas birras conmigo hasta cualquier hora. Que se tire unos pasos cuando estamos solos, que disfrute el silencio, que le guste leer, que escuche rock nacional. Bien me vendría una mina que me escuche y me contenga. Disfrutar y compartir.

¿Cuántos de nosotros somos amigos de estas declaraciones nuevas y transparentes y riesgosas? Yo no. De hecho no las hago. Aprendí que no hay que ser demasiado transparente, sino, por ejemplo, las minitas piensan que estás desesperado, que apenas te la chapes le vas a tirar tu mundo encima o algo así. Mucho mejor es hacerse el facha y si algún día llega a aparecer alguna que más o menos pinta, me abriré de a poco. Vos, minita que de casualidad cayó acá, no creo que me vayas a mirar de la misma manera ahora que sabés que soy un ser frágil, que también disfruta compartir, que también necesita cariño, que también tiene intimidad. La transparencia, la apertura, la sinceridad, la autenticidad, todas estas cosas pagan un precio. Desnudar la intimidad, por más que sea en tantos casos una realidad común a muchos, choca. Y, en su intensidad y su contundencia, hasta puede ahuyentar. En la intimidad, así como en el cuerpo, hay mucho pudor. Por eso la vestimos y la ponemos canchera para el otro.

No me preocupa que no vayamos por la vida haciendo grandes discursos acerca de cuáles verdaderamente son nuestros anhelos más profundos. No hay necesidad de ir haciendo público lo que uno trae en el corazón, ni de ir expresando a los cuatro vientos cual es la motivación de cada uno cuando se levanta, ni muchas otras cosas íntimas. Por algo lo íntimo es íntimo y queda a resguardo de uno, abierto sólo a las personas que, creemos, van a cuidarlo. No propongo una ventilación desmesurada de lo propio. Solamente invito a una revisión de nuestros actos. No me preocupa que no hagamos públicos nuestros anhelos; me preocupa que tenemos tanto pudor de mostrarlos, tanto no sé qué que ni te cuento de que se vean, que terminamos sin hacerles caso a lo que verdaderamente perseguimos también en actitudes. Y esto hay que revisarlo constantemente, porque el rumbo (al menos el mío) tiende a perderse. Como hacer es decir, terminamos vistiendo tanto a lo que de verdad queremos que termina por parecer y, finalmente, ser otra cosa. En el quilombo de no ser demasiado transparentes perdemos la noción de adonde estamos apuntando. Lo que queremos no va a llegar si no somos sinceros con nosotros mismos y apuntamos y trabajamos por otra cosa. Dudo que un día de estos esté con una piba en una relación sana si sigo con el “nos hacemos pija imbécil” del Fresco todos los fines de semana. Nuestros medios muchas veces nos alejan de nuestros fines.

Hay dos tipos de personas: los que contamos los likes y los que de verdad son interesantes y no les importa un carajo. No sé dónde se pararán ustedes, pero yo estoy de este lado de la pared. La transparencia me cuesta. Más fácil me resulta subir una foto con mi perra. No digo que una cosa esté necesariamente en contraposición con la otra, digo que la transparencia es riesgo y la foto con la perra es comodidad, porque ¿A quién no le gusta una perra con un pañuelo? Quizás por eso escribo acá. Acá de pedo me leen 10 personas. Qué se yo, a lo sumo me dejarán un comentario, no sé. Escribo acá para crearme un espacio de realidad, de intimidad expresada, de autenticidad. Un espacio de sinceridad conmigo mismo. Un lugar libre de juicio, de aprobación o desaprobación, un environment libre de la filosofía del like. Todos necesitamos espacios sin coerción, espacios de libertad. Es a través de estos que no nos olvidamos que es lo que hay adentro nuestro y seguimos con el eje en lo que nos hace bien.

Si está leyendo alguien que no sea muy fanático de los evangelios sepa disculparme porque voy a comentar uno. Estaban por arrestar a Jesús y uno de los que estaba con él sacó la espada para pelear. Jesús lo frenó y le dijo que guarde la espada, porque el que a hierro mata, a hierro muere.

¿Porqué traigo esto? Para invitarnos a que tratemos de revertir esta lógica de encubrimiento donde primero toda la gilada y después, mucho después, en el mejor de los casos un poco de nuestra humanidad sensible. No hablo de hacer avalancha de sentimientos, ni volverse unos desequilibrados. Hablo de tratar de tener los huevos para relacionarse desde la sinceridad de entrada. Hablo de saber decir desde un principio que no soy el mejor de todos para todo y que no me mide 50 cm. Pensemos que lindas que son las personas que saben decir “yo para eso soy un choto” y que fácil y cómodo es estar cerca de ellos. Tratemos de ser “amigos de lo nuevo”, porque lo nuevo, lo propio, necesita amigos. Si no tenemos los huevos de mostrarnos nosotros, al menos no saquemos la espada cuando encontramos un -libre del like- por ahí. Mientras más saquemos la espada con el otro, más nos la van a sacar a nosotros. No le tomemos examen a los demás y en una de esas, nosotros también vamos a poder ir desvistiendo la intimidad de a poco.


“Banderas en tu corazón: yo quiero verlas ondeando luzca el sol o no.”