Si no te miro a los ojos, sospecha

Si no te miro a los ojos, sospecha

miércoles, 22 de octubre de 2014

Remanso

Dije: “voy a escribir algo acerca de viajar. Algo sobre los viajes y lo que pasa en los viajes.” ¿Qué es un viaje? Me pregunté, como para arrancar con el pie derecho. Bueno, sin duda es algo que implica salir de donde uno está. Ergo, también es indudable que implicará salir de la cotidianidad y de las cosas, los transportes, las caras que tienden a sucederse todos los días. Pero empecé a sentirme que me quedaba corto con la definición.

Viajar no es sólo cambiar la localía. Encarar un viaje conlleva necesariamente encarar una actitud distinta. Se me hace difícil de definir qué y cómo es esta actitud. Los que van llegando a Ezeiza con la valija en el baúl o a Retiro con el bolso armado me entienden. También los que con dos o tres amigos y el auto cargado hacen la última parada para llenar el tanque. El comienzo del viaje trae una actitud que tiene mucho de expectativa, de nervios, de incertidumbres; tiene mucho de un no saber que es hermoso. Un no saber que es entregarse a lo que esté por venir y disfrutarlo. Fue llegando de a poco una definición a mi cabeza: viajar es como ir a pasear, como un paseo largo.

Si, usé la palabra pasear, pero posta que no tengo más de cien años. No entiendo cómo semejante palabra ha caído en desuso. Quiero que volvamos a los ’20 y que la invitación a una piba no sea: “¿vamos a tomar algo?” sino “¿Vamos a pasear?”. Estoy un poco chapado a la antigua. En algunas cosas como esa soy un melancólico. Salías a pasear en carreta: si estando solos y con tanto tiempo no ganabas eras un muerto. En este ritmo, donde todo es una carrera y todo es un mambo, no nos vendría mal chaparnos un poco a la antigua y pasear un poco más.

Salir a pasear es salir a no buscar nada útil. Cuando uno sale a pasear no está persiguiendo ninguna finalidad más que la de disfrutar. Si usted sale a pasear pensando cuantos minutos va a estar haciendo esto y cuantos minutos haciendo lo otro, cuánto va a tardar en ir y cuánto va a tardar en volver y cuando tiene que volver porque tal cosa, y no se permite una discrepancia o un desacato a los planes, no se me ofenda, pero usted es un pelotudo.  

A pasear se sale porque sí. Ahí es donde se encierra toda la mística del paseo. Uno sale y sale con alguien con el que sabe que la va a pasar bien. No se invita a pasear ni a los enemigos, ni a los socios. El paseo es la poesía por la poesía misma, el arte por el arte mismo, el disfrute por el disfrute mismo. Salir a pasear, a caminar, a pescar, a conocer algún lugar, al campo, a la ruta, es salir a sentir. Cuando uno se va de viaje se despierta y lo único que tiene es el día libre. Viajar, tanto como pasear, es vivir un poco del vamos viendo. No grandes planes, no grandes apuros, no grandes responsabilidades, no obligaciones, sólo un sencillo arranquemos por acá, y vamos viendo.

Hace poco una que sabe algo de viajar me dijo desde Brasil: “es increíble como tomar birra mejora mi calidad de vida”. Ahí está: la birra por la birra misma. Abrir una birra para sentirla fría en la mano y sentir como baja y charlar, estando muy bien, con la persona que está enfrente o con uno mismo. Sentir es eso. Pasear es eso. Es salir de la costumbre; pasar la mañana preparando una heladerita de clericot artesanal para los pibes, ir a un restaurant que tiene pinta rara, animársele al pastel do camarao frito. Es irse a buscar, quizás inconcientemente, inhalar un aire que renueva.

El domingo una amiga estaba leyendo a Don Raúl Scalabrini Ortiz y decidió rescatarme de su lectura este fragmento: “Nada de lo que es duradero nace en un instante”. Me hizo pensar... Estoy de acuerdo en que nada de lo que es duradero se forja en un instante. Los logros o las relaciones no nacen de un instante sino que son un laburo constante y cotidiano. Lo que no quiere decir que no haya instantes que sean paridos duraderos. Hay instantes densos e intensos que, para bien o para mal, integran los sentimientos más arraigados y las vivencias más personales. Imágenes mentales, como fotos que quedan en el bocho, que no se van a ir a ningún lado. Hay momentos conectados con olores que vuelven y vuelven a volver sólo por sentir ese mismo olor. Es cierto Don Raúl: nada de lo que es duradero nace en un instante. Pero dejó un cabo suelto. Todo lo duradero termina por condensarse en un momento galardonado para siempre, un segundo de pura gloria. Son estos instantes -donde todo converge con muchísima fuerza- los que enalzan el alma y hasta hacen que, a veces, caigan las lágrimas de alegría.  Hay, de todos nuestros grandes logros, de todos nuestros paseos, de todos nuestros viajes, olores, imágenes y sentimientos; instantes eternos.
Se da (casualidad o causalidad, no lo sé) que cuando uno sale así, a descubrir, termina descubriendo. Topándose con cosas que ni se acumulan, ni se mesuran, ni se guardan en el banco para usar en otro momento. Experiencias. No sólo sabores o paisajes, o atardeceres,  también encuentros. Ya lo escribió Chejov,  antes de que entre el siglo XX, en La Dama del Perrito: ¨Cuando uno sale de paseo no sólo se encuentra con los extraordinarios paisajes de Yalta; también se encuentra con el otro en su estado más puro, con su sinceridad sin caretas y con los propios anhelos del alma¨.

Viajar tiene algo que ver con encontrar señales de lo que hay en uno; lo mejor y más genuino que hay en uno. Algo de esta actitud diferente que decía tiene que ver con bajar las guardias: disponerse a conocer, a maravillarse, a reírse, a contemplar, a disfrutar. Comer y hacer sobremesas eternas, prender fogones, ponerse en pedo de día en la playa, que se vayan dando anécdotas de esas que se recordarán en todos los asados y, sobretodo, mirar y tratar al otro con más suavidad y más confianza.

En los paseos y en los paseos largos se da algo parecido al concepto de Marx de la aceleración de los tiempos históricos. En nuestra vida cotidiana parece haber una quietud, una rutina, una monotonía. Y de pronto, cuando uno se va de largo paseo se da la revolución del alma. Se baja el ritmo de la vida y se aceleran los tiempos del corazón. Se acuerda uno lo libre que en verdad es y lo bueno que está disfrutar. Se acuerda las cosas que lo emocionan y movilizan. Se toma un jugo de naranja desayunando a las once o una birra con los pibes a la tarde y se da cuenta que, la concha de la madre, qué buena está la vida. En frente del Taj Mahal se maravilla cualquiera, porque si, es una maravilla muy maravillosa. Pero hay algunos giles que dicen qué hay ocho maravillas del mundo… ocho maravillas del mundo hay a la vuelta de mi casa. No hace falta pararse enfrente de ningún palacio para encontrar maravillas, para descontracturarnos, para disponernos a disfrutar, para tomar una birra por amor al arte que hay en la birra helada y charlar con la persona que tenemos enfrente con simpleza y sin apuros. Alcanza con bajar el ritmo, salir de lo de siempre y quedarse manso.

Viajar es un poco todo esto. Pasear y pasear largo. Encontrarse con las cosas que valen la pena. Descansar el alma. Relacionarse con paciencia y suavidad. Caminar remansado. Disfrutar sin culpa y sin prisa, ¿Porqué invitar a tomar algo si uno puede invitar a pasear? Y si, en esta vida, viajar y acelerar el corazón y malcriarse con un coco en Ipanema no vale el esfuerzo de, por ejemplo, ahorrar y juntar la guita, ¿Qué si lo vale?

“Creo en la lluvia cuando cambia el olor de mi tierra.

Creo en el mar cuando amanece abrazándose a las piedras.”

1 comentario:

  1. Algunos dicen que librarse del tiempo es el lujo más caro. Yo digo que vale la pena de vez en cuando sucumbir a la nada y dejar los horarios, responsabilidades y corridas de lado. Viajar te abre la cabeza a lo que no le damos importancia sobre nosotros el resto de los días que no estamos "viajando", pero tal como lo pusiste vos… no hace falta viajar a Europa para eso con irse un rato a caminar sin celular por ahí alcanza y sobra...

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