Tengo un país sacado. Pero recontra sacado. De mi país se pueden decir muchas cosas, pero no se podrá decir jamás que es un país tranquilo. Qué sé yo, no soy un trotamundos ni nada parecido, pero si los países del mundo formaran una familia yo a la Argentina la describiría como la tía linda y loca.
En mi provincia el sol no jode ni falta; la mayoría de los días, buzo más o buzo menos, encuentra un punto justo. Un clima templado de ese que da ganas de tirarse en el pasto. Rait now, diecisiete grados. Ayer veintiuno y anteayer veintitrés. En este país hay verde. Mucho, mucho verde. Metros y kilómetros de verde bien verde. También hay blanco nieve, negro montaña, lagos transparentes y tierra colorada. Imaginate qué clara la tenemos que hasta metimos siete colores en un solo cerro. En la ruta podés encontrar vacas y vicuñas, tucanes y pingüinos, palomas y cóndores. En Francia mucha Torre Eiffel, pero ¿Un yacaré? Ni en los museos. Los chinos arponearán mucha ballena pero nadie los vio pescar un surubí de cincuenta kilos con dos manos y una caña. Los alemanes podrán contemplar sus castillos bávaros todo lo que quieran pero que salgan abrigados porque allá hacen menos quince grados a la intemperie... y ahí te quiero ver. Y atención porque lo nuestro es magnánimo, señores. No sólo somos dueños de los glaciares y lagos y desiertos del sur, también tenemos los ríos del litoral, la pampa húmeda viejo noma’, la cordillera, los cerros del norte, la selva misionera y si sos un poco aventurero te vas a hacer rafting a San Luis, olvidate. Pero éstos ni siquiera son los protagonistas en el inventario, no, la verdadera protagonista es la jungla de cemento y esa sí que la hicimos nosotros. Y qué jungla nos mandamos, carajo. Cemento para reunir quince millones de personas. Y hasta la jungla tiene sus cosas lindas: arquitectura, parques, espectáculos. Sí, los caballos estarán en el campo, pero pusimos desde la línea 1 hasta el 707 y los pintamos de todos los colores. ¿Dónde viste un caballo con los colores del 118? Los caballos al final son un embole. Para qué galopar si podés colgarte del estribo del Belgrano Norte. Eso sí que es adrenalina.
Tengo veintiún años, y estuve ya en dieciséis provincias de nuestro país. Conocí lugares sacados, y personas igual de copadas. Vieron que dicen eso que de tal palo, tal astilla. No creo que los argentinos seamos la excepción. Uno nunca puede separarse de la tierra que lo vio nacer. Somos locos lindos. También pude viajar por el mundo; conozco más de 15 países y muchas de las personas que las habitan. Autodefinirse nunca es fácil, pero puedo decir que soy un fanático de conocer personas e historias, por si no se había notado.
Y a veces comparo. En Argentina y en Latinoamérica las personas sufrieron, sufren y sufrirán mucho. Somos pueblos muy lastimados, de historias duras y presentes conflictivos. Personas muy personas y muy humanas. Personas muy cálidas. Pasión. Intensidad. Cercanía. Rara vez personas tibias. Personas que sabemos mucho de amar, porque sabemos mucho de sufrir, y de luchar contra injusticias. Sabemos mucho de necesitar al otro y de ayudar al otro. Sabemos mucho de involucrarnos. Sé de argentinos que hicieron por su pasión lo que un inglés no hizo ni hará por su vieja.
Pero no somos tan capos. Sabemos mucho de amar, pero sólo de amar a los nuestros. Qué fácil que es cuando identificamos a alguien como parecido a uno. En la UBA, por ejemplo, lo veo mucho. Entrás a una materia nueva y donde identificás a uno que es de tu palo, te sentás cerca. Si ambos son tímidos, basta el primer TP grupal para que arranque todo. Pero si no lo sentís como propio… qué difícil que va a ser. Nosotros, argentinos, tenemos un problema, y ese problema es el otro. Yo creo que el argentino es algo así como o rey do prejuízo. Algo así como o rey do limbo. Ponen "Limbo" y o rey do limbo saca pecho, se hace el difícil, espera un segundo a que lo llamen y piensa, esta es la mía. Lo mismo nosotros, o reis do prejuízo. En unos segundos vemos a otro y podemos afirmar con seguridad hasta que hace adentro del baño cuando tarda en salir.
¿Por qué? No sé, pero se me ocurren algunas cosas. Creo que tiene que tener algo que ver con que fabricamos, compramos y enseñamos constantemente estereotipos y etiquetas. Si tiene unas Nike cancheras, jean claro, camisa cuadriculada tiene que ser bien cheto, maleducado, soberbio, indiferente y egoísta. Por qué no sobrador y desagradecido también. La tuvo y la tiene muy fácil. Si tiene llantas, camperón, jogging y un corte de pelo medio turro será negro. Y tendrá suerte si es sólo negro, y no lo acompañan otros términos, villero, de mierda, hijo de puta. De rebote también se puede ganar un chorro, falopero, paquero o malavida. He escuchado amigos de veinte años, boludos grandotes, decir, el pobre es pobre porque es vago, sino laburaría y listo. Hasta los doce años viví en un departamento y pensé que podía confiar en todos los porteros. Yo creía que Edgardo, portero laburador, humilde y alegre, era un capo. Por suerte veo y le hago caso a la tele y a los noticieros. Desde que pasó lo de Mangieri me di cuenta lo equivocado que estaba. Se ve que no me violó de pedo…
Tengo la suerte de trabajar en una Fundación donde estos prejuicios se rompen. Abrimos la puerta y nos conocemos, nos queremos y nos abrazamos. Aprendí que chorros, faloperos, soberbios, indiferentes, hijos de puta y vagos hay en todos lados. En Barrio Norte y en Valentín Alsina. Ser buena o mala persona no es inherente a ninguna clase social, y eso lo pude aprender porque salí a mirar por mi mismo y a crear y a formar mi propia opinión.
Lo que me duele es que ni los pibitos se salvan. Ya desde pendejos los enseñamos a pensar en el otro como el otro, y eso quiere decir diferente, ajeno, lejano. En los colegios más pudientes enseñamos a tener mucho cuidado. No enseñamos la pobreza como una situación transitoria de la cual se puede escapar. Usamos para con los chicos términos como gente pobre. Condenamos para siempre una condición social y económica que encima enseñamos tácitamente (en el mejor de los casos) que conlleva falopa y robo. Humanidad nunca. Personas con cara y nombre nunca. En la calle es peor. Los pibitos aprenden también que hay un otro que no son ellos y que la pasan bien, que la pasan mucho mejor. Son aquellos que tienen más guita, se dan más gustos, tienen más placer.
Esos pibes se alimentan de la indiferencia de la calle. Se alimentan del hambre y de las injusticias que pasan. El dolor se vuelve resentimiento y el resentimiento prejuicio. Poco se dice de que, en una de esas, las cosas conseguidas pueden ser fruto del laburo honrado. Mamamos prejuicios desde pibitos y perdimos, en líneas generales, la empatía. Perdimos la capacidad de entender que hay personas diferentes en otras circunstancias y visiones y opiniones y que eso es no es ni mejor ni peor, sino que es diferente pero igual de válido. Tendemos a saber todo. Tendemos a crear respuestas únicas e infalibles y a desacreditar lo que no es propio. Sabemos todo. “Barack, los norcoreanos lanzaron las bombas nucleares.” “¡Rápido! Traigan una mesa de bar y tres argentinos”.
Tengo un país hermoso, lleno de locura, lleno de pasión y de regalos. Colmado de personas que saben de involucrarse, de luchar y de laburar. Mismas personas que aprendieron a juzgar según estereotipos que vaya a saber uno quién creo, pero que con distintos nombre persisten. Escribo esto por escribir, porque me gusta. No es que quiera generar conciencia ni mucho más. Como mucho invitar a que abramos las puertas. Que antes de putear y encasillar, conozcamos. Quizás esa persona que en unos segundos decidimos como era, en el fondo también es una persona y no sólo el otro.
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