Cómo con un montón de otras cosas, escribo porque me gusta.
Es una de esas cosas que las hago por absoluto placer. A escribir, a esta hora
de la noche, no me manda nadie. No soy ningún cronopio ni ningún literato
iluminado, pero a la hora de sentarme a escribir le pongo mucho huevo y siento
cada una de las palabras que elijo. No tengo el enigma de Borges, ni puedo
meter grandes historias en cuentos cortos como hace Cortázar, pero mierda que
me compenetro cuando escribo y digo lo que siento. Y, ¿No es eso es lo que
cuenta?
Lo primero que tiendo a pensar es que si. Que es valiosa la
autenticidad, la dedicación, el involucrarse, la valentía de plantarse con algo
propio. Pero me hace mucho ruido afirmar que eso es lo que al final cuenta. No
sé ustedes, pero en mi barrio se evalúan los resultados. Mis profesores no
distinguen cuanto estudié, sino el examen en sí mismo. Resultado final ante
todo; lógica exitista. Quizás aunque deje la vida escribiendo, a ustedes no les
va a gustar. Mejor dedicarse a una de esas cosas con éxito asegurado: subir a
Instagram una foto de un amanecer sacado, matar famosos y plagiar chistes en
Twitter, la foto de perfil con el pendejito de ojos verdes en Facebook. Like
garantizado. Pero, ¿Escribir sin saber cómo mierda hacerlo? Mejor dejar a los
que saben. Por la cucaracha me dicen que hablar desde el corazón perdió el
marketing. No hay razón para improvisar, es mejor cantarse una que sepamos
todos.
“Lo nuevo necesita amigos” dice Ego, el crítico de
restaurants, en el final de Ratatouille. Lo nuevo, lo propio, lo que viene del
corazón y es auténtico es riesgoso. Riesgoso porque, en la mayoría de las
oportunidades, tiende a salirse de márgenes y expectativas. Enfrentémoslo,
nuestra autenticidad no siempre es fachera. No sé la de ustedes, pero mi
autenticidad gran parte de las veces tiende a ser tremendo quemo. Me la voy a
jugar y voy a hacer una prueba verídica: ¿Qué pasa si yo digo que quiero a una
mina? No, la verdad es que no estoy tan enamorado de la soltería. Me divierto,
jodo, me cago de risa con mis amigos, tiro tiros para todos lados, me hago el
lindo y toda la pavada. Más allá de los resultados, que no suelen acompañarme,
no soy de escatimar en ninguna de esas cosas. Pero la verdad es que adentro mío
pienso que la soltería es un poco vacía y creo que hay algo que es más. Lo mío
es compartir, creer en el otro, estar cerca, relacionarme con cuidado y cariño.
Bien me vendría una mina que me juegue al truco y se tome unos mates y unas
birras conmigo hasta cualquier hora. Que se tire unos pasos cuando estamos
solos, que disfrute el silencio, que le guste leer, que escuche rock nacional.
Bien me vendría una mina que me escuche y me contenga. Disfrutar y compartir.
¿Cuántos de nosotros somos amigos de estas declaraciones
nuevas y transparentes y riesgosas? Yo no. De hecho no las hago. Aprendí que no
hay que ser demasiado transparente, sino, por ejemplo, las minitas piensan que
estás desesperado, que apenas te la chapes le vas a tirar tu mundo encima o
algo así. Mucho mejor es hacerse el facha y si algún día llega a aparecer
alguna que más o menos pinta, me abriré de a poco. Vos, minita que de
casualidad cayó acá, no creo que me vayas a mirar de la misma manera ahora que
sabés que soy un ser frágil, que también disfruta compartir, que también
necesita cariño, que también tiene intimidad. La transparencia, la apertura, la
sinceridad, la autenticidad, todas estas cosas pagan un precio. Desnudar la
intimidad, por más que sea en tantos casos una realidad común a muchos, choca.
Y, en su intensidad y su contundencia, hasta puede ahuyentar. En la intimidad,
así como en el cuerpo, hay mucho pudor. Por eso la vestimos y la ponemos
canchera para el otro.
No me preocupa que no vayamos por la vida haciendo grandes
discursos acerca de cuáles verdaderamente son nuestros anhelos más profundos.
No hay necesidad de ir haciendo público lo que uno trae en el corazón, ni de ir
expresando a los cuatro vientos cual es la motivación de cada uno cuando se
levanta, ni muchas otras cosas íntimas. Por algo lo íntimo es íntimo y queda a
resguardo de uno, abierto sólo a las personas que, creemos, van a cuidarlo. No
propongo una ventilación desmesurada de lo propio. Solamente invito a una
revisión de nuestros actos. No me preocupa que no hagamos públicos nuestros
anhelos; me preocupa que tenemos tanto pudor de mostrarlos, tanto no sé qué que ni te cuento de que se vean,
que terminamos sin hacerles caso a lo que verdaderamente perseguimos también en
actitudes. Y esto hay que revisarlo constantemente, porque el rumbo (al menos
el mío) tiende a perderse. Como hacer es decir, terminamos vistiendo tanto a lo
que de verdad queremos que termina por parecer y, finalmente, ser otra cosa. En
el quilombo de no ser demasiado transparentes perdemos la noción de adonde
estamos apuntando. Lo que queremos no va a llegar si no somos sinceros con
nosotros mismos y apuntamos y trabajamos por otra cosa. Dudo que un día de
estos esté con una piba en una relación sana si sigo con el “nos hacemos pija imbécil” del Fresco todos
los fines de semana. Nuestros medios muchas veces nos alejan de nuestros fines.
Hay dos tipos de personas: los que contamos los likes y los
que de verdad son interesantes y no les importa un carajo. No sé dónde se
pararán ustedes, pero yo estoy de este lado de la pared. La transparencia me
cuesta. Más fácil me resulta subir una foto con mi perra. No digo que una cosa
esté necesariamente en contraposición con la otra, digo que la transparencia es
riesgo y la foto con la perra es comodidad, porque ¿A quién no le gusta una
perra con un pañuelo? Quizás por eso escribo acá. Acá de pedo me leen 10
personas. Qué se yo, a lo sumo me dejarán un comentario, no sé. Escribo acá
para crearme un espacio de realidad, de intimidad expresada, de autenticidad.
Un espacio de sinceridad conmigo mismo. Un lugar libre de juicio, de aprobación
o desaprobación, un environment libre de
la filosofía del like. Todos necesitamos espacios sin coerción, espacios de
libertad. Es a través de estos que no nos olvidamos que es lo que hay adentro
nuestro y seguimos con el eje en lo que nos hace bien.
Si está leyendo alguien que no sea muy fanático de los
evangelios sepa disculparme porque voy a comentar uno. Estaban por arrestar a
Jesús y uno de los que estaba con él sacó la espada para pelear. Jesús lo frenó
y le dijo que guarde la espada, porque el que a hierro mata, a hierro muere.
¿Porqué traigo esto? Para invitarnos a que tratemos de
revertir esta lógica de encubrimiento donde primero toda la gilada y después,
mucho después, en el mejor de los casos un poco de nuestra humanidad sensible.
No hablo de hacer avalancha de sentimientos, ni volverse unos desequilibrados.
Hablo de tratar de tener los huevos para relacionarse desde la sinceridad de
entrada. Hablo de saber decir desde un principio que no soy el mejor de todos
para todo y que no me mide 50 cm. Pensemos que lindas que son las personas que
saben decir “yo para eso soy un choto” y que fácil y cómodo es estar cerca de
ellos. Tratemos de ser “amigos de lo nuevo”, porque lo nuevo, lo propio,
necesita amigos. Si no tenemos los huevos de mostrarnos nosotros, al menos no
saquemos la espada cuando encontramos un -libre del like- por ahí.
Mientras más saquemos la espada con el otro, más nos la van a sacar a nosotros.
No le tomemos examen a los demás y en una de esas, nosotros también vamos a
poder ir desvistiendo la intimidad de a poco.
“Banderas en tu
corazón: yo quiero verlas ondeando luzca el sol o no.”
Muy bueno!
ResponderEliminarSos muy lo mas��
ResponderEliminarNo tengo idea de cómo llega acá, esas casualidades de la vida quizás.
ResponderEliminarMe resulta interesante lo que escribís y mi comentario es sólo para alentarte a que lo sigas haciendo, sabiendo que hay una persona en alguna parte que disfruta de tus palabras..
Qué humanizado, qué real. Gloriosos y valiosos los que saben ver más allá, lo que trasciende.
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