Dije: “voy a escribir algo acerca de viajar. Algo sobre los
viajes y lo que pasa en los viajes.” ¿Qué es un viaje? Me pregunté, como para
arrancar con el pie derecho. Bueno, sin duda es algo que implica salir de donde
uno está. Ergo, también es indudable que implicará salir de la cotidianidad y
de las cosas, los transportes, las caras que tienden a sucederse todos los
días. Pero empecé a sentirme que me quedaba corto con la definición.
Viajar no es sólo cambiar la localía. Encarar un viaje
conlleva necesariamente encarar una actitud distinta. Se me hace difícil de
definir qué y cómo es esta actitud. Los que van llegando a Ezeiza con la valija
en el baúl o a Retiro con el bolso armado me entienden. También los que con dos
o tres amigos y el auto cargado hacen la última parada para llenar el tanque. El
comienzo del viaje trae una actitud que tiene mucho de expectativa, de nervios,
de incertidumbres; tiene mucho de un no saber que es hermoso. Un no saber que
es entregarse a lo que esté por venir y disfrutarlo. Fue llegando de a poco una
definición a mi cabeza: viajar es como ir a pasear, como un paseo largo.
Si, usé la palabra pasear, pero posta que no tengo más de
cien años. No entiendo cómo semejante palabra ha caído en desuso. Quiero que
volvamos a los ’20 y que la invitación a una piba no sea: “¿vamos a tomar
algo?” sino “¿Vamos a pasear?”. Estoy un poco chapado a la antigua. En algunas
cosas como esa soy un melancólico. Salías a pasear en carreta: si estando solos
y con tanto tiempo no ganabas eras un muerto. En este ritmo, donde todo es una
carrera y todo es un mambo, no nos vendría mal chaparnos un poco a la antigua y
pasear un poco más.
Salir a pasear es salir a no buscar nada útil. Cuando uno
sale a pasear no está persiguiendo ninguna finalidad más que la de disfrutar.
Si usted sale a pasear pensando cuantos minutos va a estar haciendo esto y
cuantos minutos haciendo lo otro, cuánto va a tardar en ir y cuánto va a tardar
en volver y cuando tiene que volver porque tal cosa, y no se permite una discrepancia
o un desacato a los planes, no se me ofenda, pero usted es un pelotudo.
A pasear se sale porque sí. Ahí es donde se encierra toda la
mística del paseo. Uno sale y sale con alguien con el que sabe que la va a
pasar bien. No se invita a pasear ni a los enemigos, ni a los socios. El paseo
es la poesía por la poesía misma, el arte por el arte mismo, el disfrute por el
disfrute mismo. Salir a pasear, a caminar, a pescar, a conocer algún lugar, al
campo, a la ruta, es salir a sentir. Cuando uno se va de viaje se despierta y
lo único que tiene es el día libre. Viajar, tanto como pasear, es vivir un poco
del vamos viendo. No grandes planes, no
grandes apuros, no grandes responsabilidades, no obligaciones, sólo un sencillo
arranquemos por acá, y vamos viendo.
Hace poco una que sabe algo de viajar me dijo desde Brasil:
“es increíble como tomar birra mejora mi calidad de vida”. Ahí está: la birra
por la birra misma. Abrir una birra para sentirla fría en la mano y sentir como
baja y charlar, estando muy bien, con la persona que está enfrente o con uno
mismo. Sentir es eso. Pasear es eso. Es salir de la costumbre; pasar la mañana
preparando una heladerita de clericot artesanal para los pibes, ir a un
restaurant que tiene pinta rara, animársele al pastel do camarao frito. Es irse
a buscar, quizás inconcientemente, inhalar un aire que renueva.
El domingo una amiga estaba leyendo a Don Raúl Scalabrini
Ortiz y decidió rescatarme de su lectura este fragmento: “Nada de lo que es
duradero nace en un instante”. Me hizo pensar... Estoy de acuerdo en que nada
de lo que es duradero se forja en un instante. Los logros o las relaciones no
nacen de un instante sino que son un laburo constante y cotidiano. Lo que no
quiere decir que no haya instantes que sean paridos duraderos. Hay instantes
densos e intensos que, para bien o para mal, integran los sentimientos más
arraigados y las vivencias más personales. Imágenes mentales, como fotos que
quedan en el bocho, que no se van a ir a ningún lado. Hay momentos conectados con
olores que vuelven y vuelven a volver sólo por sentir ese mismo olor. Es cierto
Don Raúl: nada de lo que es duradero nace en un instante. Pero dejó un cabo
suelto. Todo lo duradero termina por condensarse en un momento galardonado para
siempre, un segundo de pura gloria. Son estos instantes -donde todo converge
con muchísima fuerza- los que enalzan el alma y hasta hacen que, a veces,
caigan las lágrimas de alegría. Hay, de
todos nuestros grandes logros, de todos nuestros paseos, de todos nuestros
viajes, olores, imágenes y sentimientos; instantes eternos.
Se da (casualidad o causalidad, no lo sé) que cuando uno
sale así, a descubrir, termina descubriendo. Topándose con cosas que ni se
acumulan, ni se mesuran, ni se guardan en el banco para usar en otro momento.
Experiencias. No sólo sabores o paisajes, o atardeceres, también encuentros. Ya lo escribió Chejov, antes de que entre el siglo XX, en La Dama del Perrito: ¨Cuando uno sale de
paseo no sólo se encuentra con los extraordinarios paisajes de Yalta; también
se encuentra con el otro en su estado más puro, con su sinceridad sin caretas y
con los propios anhelos del alma¨.
Viajar tiene algo que ver con encontrar señales de lo que
hay en uno; lo mejor y más genuino que hay en uno. Algo de esta actitud
diferente que decía tiene que ver con bajar las guardias: disponerse a conocer,
a maravillarse, a reírse, a contemplar, a disfrutar. Comer y hacer sobremesas
eternas, prender fogones, ponerse en pedo de día en la playa, que se vayan
dando anécdotas de esas que se recordarán en todos los asados y, sobretodo,
mirar y tratar al otro con más suavidad y más confianza.
En los paseos y en los paseos largos se da algo parecido al
concepto de Marx de la aceleración de los tiempos históricos. En nuestra vida
cotidiana parece haber una quietud, una rutina, una monotonía. Y de pronto,
cuando uno se va de largo paseo se da la revolución del alma. Se baja el ritmo
de la vida y se aceleran los tiempos del corazón. Se acuerda uno lo libre que
en verdad es y lo bueno que está disfrutar. Se acuerda las cosas que lo
emocionan y movilizan. Se toma un jugo de naranja desayunando a las once o una
birra con los pibes a la tarde y se da cuenta que, la concha de la madre, qué
buena está la vida. En frente del Taj Mahal se maravilla cualquiera, porque si,
es una maravilla muy maravillosa. Pero hay algunos giles que dicen qué hay ocho
maravillas del mundo… ocho maravillas del mundo hay a la vuelta de mi casa. No
hace falta pararse enfrente de ningún palacio para encontrar maravillas, para
descontracturarnos, para disponernos a disfrutar, para tomar una birra por amor
al arte que hay en la birra helada y charlar con la persona que tenemos
enfrente con simpleza y sin apuros. Alcanza con bajar el ritmo, salir de lo de
siempre y quedarse manso.
Viajar es un poco todo esto. Pasear y pasear largo.
Encontrarse con las cosas que valen la pena. Descansar el alma. Relacionarse
con paciencia y suavidad. Caminar remansado. Disfrutar sin culpa y sin prisa,
¿Porqué invitar a tomar algo si uno puede invitar a pasear? Y si, en esta vida,
viajar y acelerar el corazón y malcriarse con un coco en Ipanema no vale el
esfuerzo de, por ejemplo, ahorrar y juntar la guita, ¿Qué si lo vale?
“Creo en la lluvia cuando cambia el
olor de mi tierra.
Algunos dicen que librarse del tiempo es el lujo más caro. Yo digo que vale la pena de vez en cuando sucumbir a la nada y dejar los horarios, responsabilidades y corridas de lado. Viajar te abre la cabeza a lo que no le damos importancia sobre nosotros el resto de los días que no estamos "viajando", pero tal como lo pusiste vos… no hace falta viajar a Europa para eso con irse un rato a caminar sin celular por ahí alcanza y sobra...
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