El andén vacío y oscuro. Apenas dos lámparas de bajo consumo iluminando el lugar donde está
el único banco. Una de las dos titila. Está sentado. No sabe si el tren va a
llegar. A veces llega tarde y a veces no viene. Mayor es el riesgo siendo el
último. Puede que no venga. La selección juega a las diez. Pasó a comprar un
vino por las dudas, pero no sabe si lo va a compartir con alguien o si lo va a
terminar tomando solo. Al banco le faltan las maderas del respaldo, y está
grafiteado con marcadores indelebles. Sus amigos no se juntan; cada uno o con
la novia o con la familia o con otro grupo de amigos. Hoy fue un día raro,
podría haber hecho más cosas. Salió del laburo y no hizo mucho más; se le
pasaron las horas. La botella de vino está apoyada en el piso de piedritas, al
lado de la mochila. Hace frío. Hay viento y truenos; se está por largar. Espera
que no se largue antes de que llegue. En realidad, eso es mentira, ¿Si se moja
qué problema hay? Es prácticamente lo mismo. Cuando llegue a su casa
seguramente no haya nadie. Bueno, nadie más que su perra claro. Nadie lo espera
más que ella. Esta noche va a llover mucho. Espera llegar a tiempo para ponerle
las cacerolas a las goteras. Iba a comprar queso y salame, pero hacer una
picada para uno es todavía más triste. Revisó Whatsup a ver si encontraba algún
llanero solitario que quiera venirse, pero no encontró, ¿Quién iba a ir a su
casa con esa lluvia un miércoles? En el andén no hay ruidos, ni ningún tipo de
interacción. Sólo silencio, sólo escucha. Sólo soledad. Está volviendo a su
casa y no tiene adonde volver.
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